Monday, July 16, 2012

Celebración jesuita

Por la bula “Romanus Pontifex Illius”, de Julio II del 6 de agosto de 1511 quedaban erigidas, como sufragáneas de Sevilla las tres primeras diócesis de América. Eran los diócesis de Santo Domingo, de La Vega y de San Juan de Puerto Rico.

Muy pronto la de Santo Domingo absorbería la Diócesis de La Vega y ella abarcaría todo el territorio nacional hasta mediados del siglo XX cuando se crearían las Diócesis de Santiago de los Caballeros y la de La Vega y la prelatura de San Juan de la Maguana.

Nuestro Cardenal ha decidido celebrar con un año jubilar los quinientos años de la presencia y actuación continuada de la Iglesia entre nosotros.

Parroquias e instituciones que integran la Arquidiócesis están pasando por la Catedral para celebrar su contribución a la misión y función de la Iglesia.

El objetivo principal de la visita a la Catedral es darle gracias a Dios por tantos dones y gracias recibidas a lo largo de estos quinientos años, y pedirle luz y fuerza para enfrentar los retos actuales y futuros.

El 6 de febrero tocó el turno a las obras e instituciones dirigidas por los jesuitas. Una notable multitud abarrotó a casa llena la Catedral.

Representaban a las parroquias de Guachupita y la Ciénaga, y la parroquia universitaria de la Santísima Trinidad, del centro Pedro Francisco Bonó, Fe y alegría, Instituto Politécnico Loyola, Colegio Loyola, comunidades de vida cristiana y otras obras. Mis palabras en la misa que presidí fueron las siguientes: “Venimos como los demás a darle gracias a Dios por tantos dones y gracias recibidas a lo largo de nuestra presencia aquí y también a pedirle luz y fuerza para los retos que nos esperan en el presente y en el futuro”.

Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos han hablado precisamente del talante de nuestra presencia.

Lo nuestro fue siempre llevar la gente a Dios, pelear por la justicia y hacerlo desde la humildad no con palabras de sabiduría humana sino con la luz y la fuerza de Dios. Nuestra presencia tuvo dos tiempos: en el período hispano y la conseguida soberanía nacional.

Un día preguntaron a San Ignacio dónde deberían estar los jesuitas.

Sin titubear respondió: “Donde mayor es el servicio divino o mayores son las necesidades humanas”. Los jesuitas entre nosotros han sido siempre fi eles a este requerimiento de su fundador.

Cuatro fueron las órdenes religiosas claves de la evangelización y cristianización de América desde los mismos inicios entre nosotros: los franciscanos, los dominicos, los mercedarios y los jesuitas. Nosotros los jesuitas fuimos los últimos.

No vinimos para quedarnos hasta 1650. No lo hicimos antes porque nos estaba prohibido. La Casa de la contratación de Sevilla y la Corona solo permitían venir a América a las órdenes religiosas reformadas y a la Compañía de Jesús recientemente establecida. Curiosamente ella venía a ser martillo de herejes y reformadora a lo interno de la Iglesia.

Ante esta prohibición, San Ignacio de Loyola se tuvo que contentar con enviar al Brasil una expedición de lujo a las órdenes del inconmensurable Anchieta, fundador de Sao Paulo.

Al llegar, los estudios superiores del Gorjón, que en 1530 había establecido el Arzobispo Sebastián de Fuenleal, estaban en estado de precariedad y de falta de recursos.

A petición del Arzobispo fueron asumidos por los jesuitas y los convirtieron en la Universidad de Santiago Gorjón y Seminario Conciliar que muy pronto sería “pontifi cia real”. En sus cien años de duración 70 jesuitas pasaron por esa universidad: gallegos, asturianos, vascos y castellanos. Todos excelentes en su saber y con una amplia cultura. De repente su presencia fue interrumpida por la célebre pragmática sanción de Carlos III que los expulsaba de todos los territorios de España, metrópoli y ultramar.

El P. Antonio Valle Llano publicó un concienzudo estudio sobre esta universidad.

En el prólogo el historiador Manuel Arturo Peña Batlle afi rma que una de las principales causas de la precariedad y postergación en que cayó la Isla fue la desaparición de la universidad de los jesuitas.

Establecida la soberanía nacional los jesuitas no volvieron hasta mediado el siglo XX. Les cuento ante todo una historia. Hace dos años un antiguo alumno del habanero Colegio de Belén, residente en Miami, vino a Santo Domingo, de negocios. Le dijeron que se pusiese en mis manos. No teniendo ya qué más enseñarle, se me ocurrió llevarle al cementerio de Manresa Loyola donde descansan los restos de los que ya nos dejaron.

Cuando llegamos a ese lugar y ver las tumbas me percaté que se emocionaba.

Con voz trémula exclamó: “Padre, esto no es un cementerio, es un panteón de gigantes, de próceres y santazos”. Y a continuación silabeó con voz trémula los nombres de las tumbas: P. Daniel Baldor, P. Ramón Calvo, P.Eduardo Martínez, P.

Miguel Ángel Larrucea, P. Ceferino Ruiz, P. Felipe Arroyo, H. Peláez, H.

Oribe, H. Salgueiro.

Al llegar los jesuitas en esta época, lo que hicieron fue asumir la misión fronteriza que abarcaba no sólo Dajabón, Loma de Cabrera y Restauración de hoy sino también Guayubín y Montecristi. Desde entonces hasta hoy son muchos los que han derrochado energías e ilusión, pero es justo nombrar a los pioneros al P.

Santana, hijo de una familia ilustre de La Habana, montado en caballo con su corneta terciada recorriendo continuamente todo el territorio; al P. Gallego que sería más tarde ordenado obispo y a los PP. Crego, Mariscal y Cavero Cipriano. Muy al modo jesuístico desde los inicios se preocuparon de acercar a la gente a Dios y de humanamente promocionarla.

Levantaron para ello en Dajabón un colegio para niñas bajo la dirección de las religiosas apostolinas y una ejemplar escuela agrícola para los varones.

Conscientes del valor y trascendencia de tener técnicos competentes y ver que no existía centro alguno para formarlos, con la ayuda del jefe se creó el Politécnico Loyola en San Cristóbal que ha dado a la nación tres secretarios de estado de agricultura y un Presidente a la nación. El jesuita estrella de esta Institución fue el P. Ángel Arias, un hombre de hierro, disciplinado, organizado y exigente que fue el alma de la Institución hasta la muerte del tirano.

En 1945, recién ordenado Obispo, Mons. Beras voló a La Habana y obtuvo del viceprovincial que los jesuitas asumiesen la formación de los futuros sacerdotes dirigiendo el Seminario Mayor y Menor.

Ante la falta de personal, el viceprovincial pidió ayuda a España que envió rápidamente para esa iniciativa a los PP. José María Uranga, Mateo de Celis y Antonio Rubinos, y vino como rector el P. Luis González Posada, un asturiano de inagotables energías, trabajador incansable, visionario y orador de alto vuelo.

En septiembre de 1961 Fidel Castro expulsaba a un centenar largo de sacerdotes con un Obispo a la cabeza.

Entre ellos estaban 28 jesuitas. Una buena parte de ellos vino a la República.

También vinieron algunos a los que se les negó la entrada en Cuba.

Este insperado refuerzo resultó muy benefi cioso para el país. Dos jesuitas, el P. José Llorente experto en sindicalismo y cooperativismo, y Carlos Benavides, experto en marxismo, hicieron una interesante operación de formación básica sociopolítica entre los jóvenes, obreros y campesinos.

Se creó CEFASA, Centro de Formación y Acción Social Agraria y radio Santa María, se potenció y se trasformó en la voz del campesinado.

El P. Arango con su estusiasmo y conocimiento del movimiento obrero consolidó e impulsó la JOC entre nosotros. La presencia del P. Felipe Arroyo, laureado en pedagogía por Fordham, fue muy determinante en el arranque de la PUCMM, A su excelencia han contribuido muchos jesuitas como el P. Alemán, Montalvo, Benavides, Barrientos, Emilio Brito, –Fernando Ferrán y Manuel Maza–.

En este tiempo inició también su andadura, respondiendo a un viejo reclamo, el Colegio Loyola y las casas de retiro Manresa Loyola y Manresa Altqgracia y ya en nuestros días la publicación de la Revista Estudios Sociales y el Centro fi losófi co Bonó.

Los jesuitas, de acuerdo al deseo de San Ignacio, han estado siempre donde mayor es el servicio divino y donde mayores son las necesidades humanas.


Fuente: http://www.listin.com.do/mobile/article?id=178926


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