Saturday, December 13, 2014

La huella jesuita en el Nuevo Mundo


Una exposición en CaixaForum se acerca a las reducciones de la compañía de la época colonial en Paraguay




Una de las maquetas incluidas en la exposición sobre las reducciones jesuitas de Paraguay. E.M.
FLAVIA DE FARRACES
Madrid
Actualizado: 27/11/2014 09:21 horas


A mediados del siglo XVI se hizo patente la deriva descontrolada de la conquista de América. Los nativos habían sido con frecuencia masacrados y expoliados por los colonizadores, en ocasiones bajo la aquiescencia de las órdenes religiosas. Para encauzar la situación, los monarcas Carlos I de España y Juan III de Portugal confiaron la cristianización de los dominios de Calibán a la orden fundada por Ignacio de Loyola.

No fue un proceso sencillo ni exento de sobresaltos. Aunque los primeros jesuitas portugueses llegaron en 1549 a Brasil, no es hasta 1609 cuando se crea la primera de 30 reducciones o comunidades distribuidas a lo largo de la región del Río de la Plata, comprendida entre las fronteras actuales de Argentina, Brasil y Paraguay. La labor desarrollada en este último país es el objeto principal de la muestra comisariada por Miguel Ángel Jiménez de Abbad, que se puede visitar en CaixaForum hasta el ocho de enero.

El recorrido, organizado por la Compañía de Jesús en colaboración con el centro cultural, expone a través de maquetas -entre ellas la recreación parcial de la iglesia y colegio de Jesús de Tavarengüé-, de objetos de época, fotografías, gráficos y un buscador interactivo la educación del iletrado Viernes en la provincia jesuítica de la Paracuaria. Una labor inspirada en las directrices del santo donostiarra de «acomodación a todo con prudencia santa», mediante la escucha atenta y la «inculturación» o apreciación de la lengua y valores culturales de los guaraníes, fundamentalmente, pero también de otros pueblos.

Dicha filosofía implicaba integrar en la doctrina católica la creencia de esta tribu guerrera en un ser supremo, Tupá, creador de lo edénico y lo telúrico, y la búsqueda de la Tierra sin Mal, que la convertía en nómada. Un propósito ciertamente complejo de realizar, que se cimentó en la búsqueda de lugares tangenciales, como el monoteísmo y la creencia común en la vida después de la muerte.

Los religiosos levantaron estos asentamientos agrupando a los oriundos -antes diseminados en grupos alejados entre sí- en comunidades de cerca de 5.000 almas, en torno a una iglesia aneja a dos patios. En el primero se hallaba la escuela infantil y la morada de los monjes y en el segundo, los talleres donde los nativos ejercían sus oficios, que podían escoger según sus inclinaciones, pero no cambiar a su antojo.

Un cementerio, una plaza presidida por una figura religiosa, una casa de acogida para huérfanos y viudas, un huerto y las viviendas de piedra y teja de los indígenas completaban los poblamientos, que en ciertos casos alcanzaron cotas de prosperidad superiores a las que disfrutaban los colonos. Diego de Torres, el primer padre provincial del Paraguay aconsejaba estudiar bien el lugar del enclave: «Os deberéis informar concienzudamente de los indios y principalmente de los caciques».

El Gobierno recaía en un cabildo de indígenas bajo la autoridad de un Padre Mayor, a cargo de la construcción y la administración, y un padre menor responsable del cuidado de enfermos y de las celebraciones religiosas. Muchas reducciones estaban sometidas a constantes ataques de otros nativos y pobladores, lo que llevó al jesuita Ruiz de Montoya a demandar autorización al rey para introducir a los indígenas en el manejo de armas de fuego. En 1641, milicias de nativos armados rechazaron la acometida de tres mil paulistas cazadores de indios en la batalla de Mbororé.

La Corona española había concedido a los indios el estatus jurídico de hombres libres, sin embargo, estaban obligados a pagar un tributo en metálico que muchos eran incapaces de abonar, lo que les llevaba a prestar servicios en condiciones abusivas de servidumbre o esclavitud.

Fruto de la asimilación de la cultura europea y local surgieron diversas expresiones artísticas herederas de ambos mundos. En las reducciones, los indios aprendieron a pintar al fresco y realizar tallas que luego decoraban los templos religiosos, y a tocar y fabricar instrumentos musicales.

A principios del Siglo de las Luces, la orden construyó una imprenta -de carácter itinerante- que produjo los primeros libros en guaraní, lengua que los religiosos dominaban. Medio siglo después Carlos III dictó la expulsión de la Compañía -percibida como un peligroso competidor- de los dominios españoles a través de la Pragmática Sanción, lo que supuso la decadencia y finalmente muerte de las reducciones.


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